El código de quien dirige también se ocupa de quien dirige. Uno de sus puntos le exige permitirse que lo sirvan bien en sus necesidades personales y economizar sus propios esfuerzos, para que su cabeza siga clara. Está escrito en la misma lista que le prohíbe crear camarillas y motivar con miedo.

El punto que casi todos se saltean

El punto once es el que la mayoría de los dueños pasa por alto en la primera lectura. Dice que quien dirige tiene que permitirse a sí mismo “ser bien servido en todo lo relacionado con sus necesidades personales”, y ejercer una economía de su propio esfuerzo.

Fijate en la expresión permitirse a sí mismo: es una obligación del código, ubicada en la misma lista que los demás puntos, sin frases como se lo merece o le conviene.

La razón es práctica. En un negocio chico, quien dirige es el recurso más escaso, y el esfuerzo que se quema en algo que otra persona podría hacer se le resta a las decisiones que solo él puede tomar.

Un dueño de mudanzas seguía ordenando el depósito con sus propias manos todos los viernes. Le insumía cuatro horas semanales, y en ninguna tomaba una decisión que fuera solo suya.

Una nutricionista atendía ella misma cada llamado porque total era un momento. Eran ochenta llamados por mes, y un momento cada uno.

Cuando el dueño de mudanzas le pasó el depósito a un empleado y le pagó dos horas extra, eso le costó menos de lo que vale su tiempo.

Un servicio que se permite y otro que desgasta

El mismo punto tiene otra cara: qué ocurre si quien dirige acepta un servicio que no le toca. La fuente dice que a quienes dirigen “los convencieron de dar servicio personal por fuera, y eso les destrozó la integridad”.

La integridad significa estar completo y entero. Incluye ser honesto y también ser una persona sola en lugar de dos.

La distinción es filosa. Si un empleado ordena el depósito por vos, ahorrás esfuerzo. Si tomás un trabajo aparte para uno de tus proveedores, gastás integridad. Los dos parecen comodidad, y solo uno está permitido.

Comodidad para pensar con claridad

¿Para qué todo esto? Lo responde la continuación del mismo punto: quien dirige tiene que disfrutar de cierta comodidad para mantener clara la lógica. La comodidad sirve a otra cosa, que es la capacidad de pensar derecho. Quien dirige agotado decide mal, y sus malas decisiones cuestan mucho más que la comodidad a la que renunció.

Además, el punto está formulado dentro de un código, y eso cambia su estatus: si respetás el resto de los puntos, también estás obligado a este.

Un herrero manejaba cuatro horas por día para no pagar alojamiento cuando instalaba un portón lejos del taller. En el tercer trabajo erró una medida, y el error costó más que todos los alojamientos sumados.

Una dueña de peluquería resolvió no atender el teléfono entre las dos y las cuatro de la tarde. Fue justo en esa franja donde empezaron a resolverse las decisiones difíciles.

Dos socios de una librería acordaron que ninguno de los dos trabajaría el mismo fin de semana. Les cuesta un turno extra por mes y les ahorra dos discusiones.

Servicio, y derecho al orgullo

El capítulo se cierra con dos puntos, tomados de dos códigos distintos. Del de quien dirige: ponerse a sí mismo en el camino del servicio al grupo. Del de un miembro del grupo: tiene derecho al orgullo por sus tareas, y a usar criterio propio para manejarlas.

Leídos juntos, describen un equilibrio que se pierde fácil hacia cualquiera de los dos lados. Si quien dirige solo sirve, termina desapareciendo, y si solo decide, queda desconectado. El segundo punto le devuelve a cada persona del equipo el mismo derecho: orgullo por lo que hace y criterio propio sobre cómo hacerlo.

Quitarle a un empleado su criterio propio es quitarle también el orgullo, y después cuesta entender por qué le importa menos.

Un herrero revisaba personalmente cada trabajo del equipo antes de la entrega. Pasado un año, nadie controlaba el suyo, porque total él lo iba a controlar de nuevo.

Una dueña de peluquería empezó a preguntar si la persona estaba conforme con su trabajo, en vez de corregirlo directamente. Ese mismo mes, dos integrantes retomaron por iniciativa propia un trabajo ya hecho.

Una nutricionista dejó que una asistente firmara por completo el plan de un paciente, con el paciente presente. La calidad subió sin que nadie hablara de calidad.

Qué tiene el cuadernillo sobre esto

El capítulo en el que se apoya esta nota trae dos ejercicios: el recurso escaso y el orgullo. También tiene una autoevaluación, y es parte de un cuadernillo que te ayuda a escribir tu propio código en cinco a diez líneas.

La próxima vez que hagas vos algo que otra persona podría hacer, vale la pena preguntarte qué decisión de las que solo te corresponden a vos está esperando en ese rato.